La memoria de Borges por María Kodama

Los que lo amamos, los que fuimos sus amigos, los que admiramos su obra que nos cambió para siempre, guardamos como en un caleidoscopio innumerables imágenes de Borges: en una conferencia, paseando por Florida en encuentros a veces casuales que deslumbraban siempre al interlocutor por la ironía, la sencillez y la inteligencia del diálogo.

Todo eso lo he sentido y compartido con muchos de los que están hoy conmigo y con muchos ausentes, aunque muy vivos en mi recuerdo. Pero, como en «El jardín de senderos que se bifurcan», también hay otra cosa, íntima, que teje la memoria de la larga y compleja relación que la vida nos deparó.

El primer recuerdo de Borges es auditivo, como en el cuento «La memoria de Shakespeare». Ese recuerdo quedó en mí, gracias a la lectura de los dos poemas ingleses que alguien me leyó a los cinco años: «I can give you my loneliness, my darkness, the hunger of my heart: I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat.»

Estas líneas, escritas años antes de que mis padres soñaran conocerse y que él había dedicado a una mujer a la que amaba, fueron, como todas las cosas importantes en la vida, sin saberlo, decisivas.

Mi memoria visual se remonta a los doce años, cuando un amigo de mi padre me llevó a una conferencia que él dictaba. Yo quería estudiar literatura y quería escribir. La memoria de su memoria parte de mi adolescencia, cuando comencé a estudiar con él, primero esporádicamente y luego, a medida que el tiempo avanzaba, de una manera más regular. Ahí pude comprobar su asombrosa memoria, capaz de recordar citas, poemas, o casi la exacta página donde estaban los datos que buscaba.

Desde los comienzos de 1960, mi memoria guarda como un palimpsesto, el emocionado testimonio del nacimiento y desarrollo de su creación literaria. Lo recuerdo, cerrados los ojos, como si la barrera de su ceguera, que lo aislaba de toda distracción que no fuera la de su pensamiento, no fuera suficiente y necesitara apretar los párpados, para que ni siquiera el pensamiento de tener los ojos abiertos pudiere distraerlo.

Así, sumergido en esa doble oscuridad, permitía que la luz interior, la musa o el espíritu, emitiendo lentamente una sucesión de imágenes y de ideas como el Aleph, fuera dando forma a lo que todavía era ignorado por él.

Luego, lentamente, se imponía la forma, eso sería un cuento o un poema.

Cuando su mano se alzaba y marcaba las sílabas en el aire, yo desde mi silencio sabía que comenzaría a dictarme un poema. Cómo transmitirles ese instante, ese instante que, como el proceso anterior, no me era ajeno emocionalmente. Creo que nadie puede ser mero espectador de un proceso de creación, sobre todo de alguien que, como Borges, emanaba una fuerza tan especial, por la que una se sentía arrastrada.

Una parte maravillosa, vital, de la memoria que guardo de Borges son los viajes. A veces él me decía: «Su padre la educó para mí». Porque gracias a mi padre, tuve una increíble aproximación al arte desde antes de tener uso de razón. Esta enseñanza fue de una enorme utilidad, a la hora de transmitir a Borges el ambiente de una ciudad que no conocía, los colores de un atardecer; impalpable emoción de revivir juntos el instante que era en mí, memoria, y, en él, memoria de un relato; memorias que fluyeron hechas lágrimas cuando, en lo alto de la escalinata del Louvre, vimos, y a propósito dejo este verbo en plural, ya que Borges había tenido en ese instante la imagen, ya modificada por otras, por la distorsión del tiempo y de la memoria, de la Victoria de Samotracia, precisamente esa estatua sobre la que mi padre me enseñó la belleza. La belleza era la memoria materializada, era haber logrado lo imposible: detener la brisa del mar, en el movimiento de los pliegues de la túnica, para la eternidad.

Quizá sintiendo las lágrimas correr por mis mejillas, viéndolas en las de Borges, recordé ese poema, «El grabado», de Historia de la noche, donde dice:

A veces me da miedo la memoria
en sus cóncavas grutas y palacios
(Dijo San Agustín) hay tantas cosas.
El infierno y el cielo están en ella.

En ese momento sentí que no eran ciertos esos versos, que nunca nos tocaría el infierno de la memoria. Estaríamos a salvo, mientras atesoráramos en nuestras memorias
el recuerdo o el vestigio del recuerdo de esa tarde, de nuestro amor, de un poema compartido, de nuestras manos entrelazadas como la memoria que atesora una gota de agua. Entonces sería también realidad, el verso que Borges escribió:

Qué importa el tiempo sucesivo si en él
hubo una plenitud, un éxtasis, una tarde.

y sé que todo ello sigue vivo en mí, gracias a ese don maravilloso: la memoria.